—No soy un mueble ni un botón automático —dijo Rubén, sin subir la voz—. Soy la persona que protege documentos más valiosos que cualquier berrinche suyo. Y mientras estén bajo mi cuidado, las normas se respetan, le guste o no le guste. Comer aquí dentro está prohibido. No es un capricho, es conservación.
El comentario no fue un grito, pero golpeó más fuerte que cualquiera. Varias cabezas se levantaron detrás de las estanterías. La estudiante del bolígrafo caído lo miraba con los ojos muy abiertos. Un hombre mayor en silencio apoyó el periódico contra el pecho, clavando la vista en el usuario insolente, como esperando el siguiente movimiento.
El hombre parpadeó, sorprendido de que el archivista no se hubiera encogido. Retrocedió medio paso, ofendido por esa dignidad inesperada. Volvió a adelantar el vaso de café, desafiante, y lo plantó sobre el mostrador, tan cerca de la carpeta de restauración que una gota oscura se deslizó peligrosamente hacia el borde del papel.
—Mira, “responsable” —escupió—. Yo pago impuestos. Esta biblioteca existe por gente como yo. Tú solo estás aquí porque nadie te contrató en otro sitio. Quítate y deja de darme lecciones, ¿está claro? No necesito que un guardián de polvo me explique qué puedo o no puedo hacer con mi café.
Rubén miró la gota acercándose al borde de la carpeta y movió el documento un poco hacia atrás, con cuidado casi paternal. Cuando estuvo a salvo, volvió a mirarlo, con una calma que empezó a incomodar incluso a quienes observaban desde lejos. Se notaba que el archivista había escuchado muchas cosas en su vida, pero ese límite era nuevo.
—Lo voy a explicar una sola vez —dijo, apoyando las manos en el mostrador—. Aquí dentro se conservan periódicos de mil novecientos ocho, cartas de soldados que nunca volvieron, diarios personales de mujeres que nadie escuchó en su momento. Si se arruinan por un vaso de café, no hay dinero que pueda comprarlos de vuelta.
La estudiante tragó saliva. El bibliotecario veterano, desde la otra mesa, asintió muy levemente, como si Rubén estuviera diciendo en voz alta algo que él llevaba décadas pensando. El usuario miró alrededor, incómodo por las miradas que ya no se escondían tanto. Parecía darse cuenta, por primera vez, de que no estaba ganando la escena… la estaba perdiendo.
—Y en cuanto a mi trabajo —añadió Rubén—, sí, muevo papeles. Los limpio, los restauro, los clasifico. Gracias a eso, cuando usted quiere un dato, una foto vieja o un documento que demuestre algo, aparece en su mano como por arte de magia. Lo que usted llama “papeles” son pruebas, historias, derechos. No basura.
El hombre resopló, intentando recuperar el control de la situación con un gesto teatral. Se inclinó hacia adelante, como si pudiera aplastarlo solo con su proximidad, y golpeó el mostrador con la palma abierta, arrancando un pequeño sobresalto a la recepcionista que estaba más atrás, fingiendo ordenar formularios para no mirar demasiado directamente.
—¿Me estás dando un discurso moral, en serio? —se burló—. Haz tu trabajo y deja de hablar tanto. Quiero entrar con mi café. Si me lo vuelves a negar, te juro que sales de aquí con una queja oficial. Y créeme, sé muy bien cómo escribir que destruyan carreras en dos párrafos.
Rubén respiró hondo. No era la primera vez que alguien amenazaba con “quejas”, pero esa mezcla de desprecio y soberbia le quemaba por dentro. Aun así, mantuvo el mismo tono sereno, casi pedagógico, que usaba cuando explicaba a los estudiantes cómo sostener un manuscrito frágil sin romperlo. Se notaba que había tomado una decisión.
—Perfecto —replicó—. Si quiere hacer una queja, la hacemos bien. Juntos. —Se giró hacia la mesa lateral y tomó un formulario—. Aquí tiene el documento oficial del sistema de quejas de la biblioteca. Debe escribir su nombre completo, fecha, hora, y la norma específica que considera injusta. También debe firmar que fue informado del reglamento antes de negarle el acceso.
Algunas personas no pudieron evitar inclinarse un poco para ver mejor. La palabra “reglamento” flotó en el aire como una carta que nadie esperaba. El usuario miró el formulario, luego a Rubén, luego alrededor, tratando de medir cuánta gente había visto ese gesto. La autoridad que creía tener parecía desinflarse frente a un simple papel bien presentado.
—Y por transparencia —añadió Rubén—, yo también voy a dejar constancia de lo ocurrido. —Tomó otro formulario y empezó a escribir con letra clara—. “Usuario se niega a cumplir la norma de acceso sin alimentos a sala de archivo. Eleva la voz, insulta al personal y pone en riesgo material documental al acercar bebida a documentos restaurados”. Así está bien para usted, ¿verdad?
Hubo una pequeña oleada de murmullos contenidos. Una mujer de pelo canoso sonrió abiertamente detrás de un periódico. El bibliotecario mayor, que hasta ese momento solo observaba, se levantó con calma y se acercó al mostrador. Su placa lo identificaba como jefe de sala. El usuario lo vio y, por primera vez, perdió un poco de color.
—¿Ocurre algún problema, Rubén? —preguntó el jefe, con ese tono que parece amable pero ya sabe más de lo que pregunta.
Rubén no se apresuró a responder. Terminó una línea en el formulario, dejó el bolígrafo sobre el mostrador y recién entonces levantó la vista. No actuaba; simplemente relataba, pero cada palabra llevaba la fuerza de haber puesto un límite necesario.
—El caballero desea entrar a sala de archivo especial con bebida —explicó—. Ya le informé del reglamento, pero insiste en que estoy “solo para obedecer”. Le estoy ofreciendo el formulario de quejas para que pueda expresar su inconformidad por escrito. Mientras tanto, estoy registrando el incidente, como marcan los protocolos de conservación.
El jefe de sala miró el vaso de café, luego las manos de Rubén, tranquilas, luego la cara del usuario, encendida de rabia y vergüenza mezcladas. Después lanzó una mirada rápida a los alrededores: gente observando, teléfonos discretamente orientados hacia la escena, tensión flotando como electricidad. No necesitaba más contexto.
—Entonces el procedimiento es correcto —dijo el jefe, con voz clara—. Caballero, esta sala se rige por normas de conservación muy estrictas. Ni yo, como responsable máximo, puedo entrar con una taza de café. Si insiste, no podré autorizar su acceso hoy. Y si continúa insultando al personal, tendré que pedirle que abandone el edificio.
La palabra edificio sonó más grande que “sala”. El usuario apretó los dientes. Estaba acostumbrado a que sus amenazas funcionaran, a que bastara con levantar la voz para que todos le abrieran paso. Miró otra vez alrededor; las miradas ya no se escondían. Algunos ojos lo juzgaban abiertamente, otros simplemente esperaban, pero nadie lo defendía.
—Solo quería ver unos planos antiguos —gruñó al fin, bajando el tono a regañadientes—. No era para tanto. Este chico se ha puesto dramático.
—Este chico —replicó el jefe, sin perder la calma— tiene una maestría en archivística y lleva años cuidando lo que usted vino a consultar. Si quiere ver esos planos, deja el café afuera y sigue las instrucciones. Así de sencillo.
El dato cayó como una piedra en un vaso de agua. Varios presentes parpadearon, sorprendidos. Algunos habían asumido que Rubén era “el que ordena cosas”, sin imaginar su formación. El usuario miró al archivista como si lo viera por primera vez, intentando conciliar la idea de “empleado cualquiera” con “especialista con maestría”.
Rubén no sonrió ni aprovechó el momento para humillarlo de vuelta. Solo añadió, con la misma serenidad de antes:
—No espero que me admire. Solo que me trate como a un ser humano que sabe lo que está haciendo. Y, sobre todo, que respete el trabajo que permite que usted tenga acceso a información que, sin nuestro cuidado, ya estaría destruida.
Durante unos segundos, reinó un silencio incómodo. El usuario apretó el vaso de café, miró la puerta, miró la sala, miró el formulario. Podía seguir el espectáculo, pero sabía que, esta vez, no lo estaba ganando. Cada segundo de mirada ajena era un recordatorio de que se estaba comportando como el villano de su propia escena.
—Está bien —masculló al final—. ¿Dónde dejo el café?
El jefe señaló una mesa alta, junto a la puerta.
—Allí, por favor. Luego vuelve y Rubén te acompañará a los planos que pediste.
El hombre dejó el vaso con un golpe más suave que antes, como si estuviera resignando una batalla importante. Regresó sin levantar tanto la barbilla.
Rubén no lo hizo sufrir. No extendió la humillación. Lo recibió con un simple gesto, formal, profesional.
—Cuando termine su consulta —dijo—, recuerde que necesita guantes para manipular esos planos. Yo se los proporcionaré. Y si tiene dudas, pregunte. Esa parte también forma parte de mi trabajo. Acompañar, no obedecer gritos.
Mientras el usuario se adentraba finalmente en la sala, con las manos vacías y la cabeza un poco más baja, los susurros empezaron a volver. La vida de la biblioteca retomó su curso, pero algo había cambiado. La estudiante del bolígrafo se acercó con timidez al mostrador, sujetando sus apuntes con fuerza.
—Disculpa… —dijo—. Solo quería decir que… eso que dijiste fue importante. Mi mamá trabaja limpiando oficinas. Siempre le hablan como si fuera invisible. Gracias por… por no dejarlo pasar.
Rubén la miró, sorprendido de que alguien se acercara a decir algo bueno después de un momento tan tenso. Asintió, con una pequeña sonrisa cansada.
—Hay cosas que si las dejas pasar una vez, se hacen costumbre —respondió—. Y el desprecio es una de ellas. Aquí venimos a cuidar libros, pero también a cuidarnos entre nosotros. O al menos, deberíamos.
La estudiante sonrió de vuelta y se alejó hacia su mesa, con el paso un poco más ligero, como si la sala tuviera ahora un aire diferente, más digno.
El jefe de sala volvió a acercarse, con un gesto entre serio y orgulloso.
—Voy a adjuntar tu informe al sistema —dijo—. Y, por cierto, quiero que seas tú quien dé la próxima charla sobre conservación a los nuevos voluntarios. Ya es hora de que más gente entienda por qué tu trabajo importa. No solo lo técnico. También esto que acabas de hacer.
Rubén sintió que algo se aflojaba en su pecho, un nudo antiguo hecho de silencios acumulados. Asintió, sin saber bien qué decir. Estaba acostumbrado a trabajar solo, detrás de cajas y estanterías, no a convertirse en ejemplo de nada. Pero la idea de explicar su oficio, con toda su dignidad, empezó a parecerle incluso emocionante.
Al otro lado del cristal, el usuario revisaba los planos en silencio. Rubén lo observó un instante, no con rencor, sino con cierta curiosidad. Se preguntó si entendería realmente lo que estaba viendo, si sería capaz de apreciar cuánto trabajo invisible había en cada hoja, en cada línea que el tiempo no había conseguido borrar todavía.
Tal vez no, pensó. Tal vez solo saldrá de aquí diciendo que “por fin lo atendieron”. Pero eso ya no era su problema. Lo importante era que ese día, en esa sala, alguien puso un límite claro. Alguien demostró que “solo un archivista” puede sostener una biblioteca entera, no con fuerza física, sino con convicción.
Rubén acomodó de nuevo la carpeta de restauración, alejándola de cualquier peligro líquido. Ajustó sus guantes blancos, respiró hondo y volvió a su mesa de trabajo. Tenía aún un mapa del siglo diecinueve por limpiar, tres consultas pendientes y una charla que empezar a preparar en su cabeza. El mundo seguía, pero algo dentro de él estaba distinto.
Porque, a partir de ese día, cada vez que alguien pensara “solo mueve papeles”, habría, en alguna parte, una voz dispuesta a responder: “no, cuido memoria”. Y quizá, solo quizá, más personas empezarían a entender que detrás de cada libro intacto, de cada documento legible, hay manos que merecen tanto respeto como las historias que protegen.